H & N
Existe un momento de la tarde, casi a las alturas de la
merienda,
en el que nos instalamos en el silencio total. Tú tienes el
estudio pesado,
y parece que se te hubiera sentado un buda en las páginas,
tan pacífico
y a la vez tan gordo que no te permitiera seguir pasando,
que ni siquiera
te dejase hacer el movimiento de la mano hasta la punta del
papel para levantarla.
Yo llevo con las piernas cruzadas tanto tiempo que nací
indio, y hace también
un rato
que mi ordenador no emite sonido alguno y que ni siquiera
le doy a las teclas el ritmo tartamudo perdido, al estilo
ametralladora,
de lo que yo llamo inspiración y tú llamas por su nombre.
Ni siquiera el patio nos interferencia entonces.
Y parece ese el momento que sucede a una explosión nuclear,
cuando todas las alarmas
han sido destruidas por la radiación, y los columpios han
parado
y los edificios que han aguantado en pie
no se atreven ni a estremecerse por miedo a perder las
ventanas y las puertas
en el intento.
Ojalá allí, en Hiroshima, en Nagasaki, en Mururoa y Bikini,
hubieran podido también darle al botón de volver a empezar
sólo con un café, una magdalena y una servilleta llena de
besos.
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